DISCURSO DE RECEPCIÓN DE ALBERTO MANGUEL

(Academia Argentina de Letras, 10 de agosto de 2017)
José Luis Moure
Presidente

      Trazar una línea biográfica de Alberto Manguel, a quien hoy recibimos formalmente en esta Academia, aunque la procuremos escueta como la ocasión lo requiere, resulta un inevitable ejercicio de asombro. 

      Entre mis contemporáneos porteños -y Manguel lo es, distanciado apenas por un año-, ser hijo o nieto de inmigrantes es contingencia común. Pero no lo son buena parte de los hechos que fueron jalonando su vida, extraordinaria en el sentido más preciso del adjetivo. El primogénito de un matrimonio argentino de origen judío (abuelos austríacos, rusos y polacos), que asegura recordar la imagen de una pared de ladrillos y el aroma del arroz con leche percibidos cuando tenía un mes, fue criado casi exclusivamente por Ellin Slonitz, una niñera checoeslovaca que desde el primer día se comunicó con él en inglés y en alemán. Esta circunstancia no pasaría de ser llamativa si no fuera porque los padres de Manguel desconocían esas lenguas, razón por la cual, aun viviendo bajo el mismo techo, no pudo hablar con ellos hasta los siete años, cuando forzado por la escolarización argentina aprendió español a su regreso de Israel, donde su padre se había desempeñado como el primer embajador de nuestro país. Sus hermanos menores, que se movían en otro ámbito de la misma casa de Tel Aviv, fueron criados en inglés por una institutriz suiza, de modo que durante aquella infancia regida por tan singular paidéia doméstica, el inglés fue la esporádica y única lingua franca fraternal, ya que no filial.  En una habitación del subsuelo de la embajada, Alberto Manguel, cuidado, guiado e instruido por Ellin, nació al mundo de una cultura esencialmente europea; del cocinero alemán aprendió canciones de los bebedores de cerveza y poemas de Heine, que como los recitados de Goethe o Schiller de Ellin habrían de fijarse para siempre en su memoria, como las dunas y el mar en el horizonte en el que se desvanecía un parque cercano. “El recuerdo que guardo de mi infancia es el de una gran felicidad” confesó alguna vez.

 

      La lectura, iniciada con la precocidad de quien intuía que habría de dedicarle el resto de sus días, respondió al impulso de una curiosidad plural y voraz. “Desde mis primeras lecturas” -afirmó “el mundo real y el mundo imaginario se confundieron, no de una manera que me haya llevado a vivir en un mundo ilusorio, sino, por el contrario, volviendo concreto lo imaginario”.

      Ese chico argentino bilingüe criado en Israel, que no hablaba español ni hebreo, iniciándose sin saberlo en un nomadismo que sería también una marca de su vida, visitó con Ellin Venecia, París, Jordania y Alemania.

      Ya en Buenos Aires, interrumpidas las funciones diplomáticas del padre en 1955 tras el derrocamiento de Perón, mientras cumplía su educación primaria en distintas escuelas -una pública, dos inglesas y otra alemana- Manguel aprende el idioma y la realidad de un país enteramente nuevo. Se interesa por el dibujo y la pintura, viaja a Estados Unidos y acrecienta lecturas.  En 1961 ingresa al Colegio Nacional de Buenos Aires, un hito de cuya importancia Manguel nos da cuenta con estas palabras: “Si tuviera que elegir un momento determinante, a partir del cual concibo mi vida de cierta manera -cada momento de la vida, incluso el más trivial, determina el curso de la existencia, claro está, pero hay algunos más importantes que otros-, si tuviera que elegir el más importante, sería ese período de seis años de escuela secundaria” . Las jornadas en ese colegio exigente, laico y liberal se despliegan sobre el fondo de la poderosa vida intelectual argentina de los sesenta y de sus intereses ilimitados: cine, teatro, música, campamentos y política estudiantil; de todo participa Manguel, amparado por la libertad que le brinda su habitación-biblioteca propia en la terraza de la casa familiar porteña, independizado ya desde hacía tiempo de la tutoría de Ellin, a quien se había encomendado el cuidado de una hermana menor.

      Al momento de su egreso del Colegio Nacional de Buenos Aires, Alberto Manguel, un adolescente que ya ha trabajado en la librería angloalemana Pigmalión, que ha frecuentado a escritores, que ha conocido a Borges y le ha servido de acompañante y de lector, cuenta con una certeza definitiva, que él mismo enuncia con parquedad de lapidario: “Sabía que quería vivir rodeado de libros”.

      A su paso fugaz por la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos cursos lo aburren, sucede un viaje casi iniciático a Europa, donde descubre que quiere vivir en París. Regresará, sin embargo, a la Argentina, colaborará en la editorial Galerna, publicará traducciones en el Centro Editor de América Latina y editará algunos clásicos españoles anotados en las colecciones didácticas de Kapelusz. 

      En 1969, con pasaje de tercera clase y cien dólares parte en barco hacia España y de allí finalmente (aunque este adverbio es siempre inadecuado en la vida de Manguel) hacia París. Allí redacta informes de lectura para Gallimard y Lettres Nouvelles, conoce a escritores (Severo Sarduy, García Márquez, Cortázar) e invierte indolencia bohemia en mesas de café, que prolonga en Londres, donde sobrevive pintando reproducciones de cuadros sobre brazaletes y cinturones de cuero. Al regreso de un viaje circunstancial a París, un incidente fronterizo le impide la vuelta a Inglaterra, lo que lo obliga a residir una vez más en la capital francesa.  

      En 1971 comparte un premio de cuentos convocado por La Nación. Vuelve entonces a Buenos Aires; aquí el diario lo contrata como redactor y permanece poco más de un año.

      A fines de 1973 regresa a Europa. A propuesta de Franco María Ricci se traslada a Milán y traba amistad con Gianni Guadalupi, su editor italiano, con quien comienza la elaboración de una guía de ciudades imaginarias, que vería la luz seis años más tarde. Un corto regreso a París preludia la que es acaso la más exótica estación de este recorrido biográfico: en 1975 Manguel se hace cargo de una librería en Tahití, donde se ocupa de los libros en inglés y de traducciones. Pero después de dos años, el calor y la lejanía de una vida cultural más próxima a sus intereses lo devuelven a París. En Inglaterra funda una editorial, cuya rápida quiebra lo fuerza a regresar a la Polinesia. En 1979 aparece aquella Guía de lugares imaginarios iniciada en Italia, que logra rápido éxito y diferentes traducciones.

      Después de considerar la posibilidad de trabajar como editor en Japón, opta por instalarse en Canadá. Para entonces, Manguel estaba casado y tenía tres hijos, el menor sin haber cumplido todavía el mes. La familia se instala en Toronto en octubre de 1982.

      En Canadá, Manguel escribe notas, artículos y reseñas para varios diarios y revistas, dicta un curso de literatura fantástica en la Univ. de York y durante seis años hace crítica teatral en un programa de televisión . En ese país vivirá hasta 1992, adoptará su nacionalidad y dirá de él: “De la misma manera que debo mi aprendizaje intelectual al Colegio Nacional de Buenos Aires, le debo mi carrera literaria a Canadá. Fue el primer lugar donde confiaron en mí” .

      En 1983 aparece Black Water, antología de literatura fantástica publicada en Canadá, Estados Unidos e Inglaterra, que alcanzará numerosas ediciones y que siete años después se conocerá en español como Aguas negras (Alianza). En 1991 ve la luz su primera novela, News from a Foreign Country Came  (Noticias del extranjero es su título en español), que recibe el Premio de la Sociedad de Autores Canadienses.

      Un pequeño ensayo sobre la historia de las antologías (género que es, de alguna manera, metáfora de toda su obra) escrito para el New York Times dispara en Manguel la idea de un trabajo sobre qué significa ser lector, germen modesto de un proyecto que, iniciado en Toronto, crece al abrigo de una estancia en la ciudad alsaciana de Sélestat y culmina, después de siete años, en París, con Una historia de la lectura, publicado en inglés en 1995, y en 2005 en traducción española. El libro alcanzará numerosas traducciones y ediciones en distintos países, y hace de Manguel un escritor definitivamente reconocido en Europa y América. Recibe el Premio “Médicis” y Bernard Pivot lo lleva a su famoso programa Apostrophes.

      Una serie de artículos en los cuales Manguel, fiel a una preocupación que vertebra toda su obra, se había interrogado diversamente sobre el papel de la lengua y la lectura en el mundo sociopolítico, en una suerte de aproximación variada a lo más ceñido y orgánicamente desarrollado en Una historia de la lectura, conformó en 1998 Into the Looking Glass (En el bosque del espejo. Ensayos sobre las palabras y el mundo en la versión española de 2001), cuya traducción francesa se hizo acreedora al premio “France Culture”.

Reading Pictures (1999) (Leyendo imágenes, 2002) responde a la convicción, igualmente axial en la concepción cognoscitiva y estética de Manguel, de que el hombre es lector desde el nacimiento y que por ello, toda imagen, sea realista, abstracta o azarosa, puede ser leída con absoluta libertad interpretativa.

      Manguel trabaja en Londres durante dos años haciendo informes para una editorial y reside nuevamente en Calgary (Canadá) hasta 2000, como beneficiario de una fundación de artes y letras. En 2004 publica la novela breve Stevenson under the Palm Tree, traducida ese mismo año como Stevenson bajo las palmeras.

      Acaso el deseo de tener a la mano su enorme biblioteca, formada por la insaciabilidad lectora que los párrafos anteriores permiten imaginar, obligada a quedar detrás de él depositada una y otra vez en distintos lugares, un transitorio desahogo económico y las grandes y disuasorias distancias que pautan los desplazamientos en Canadá para quien, como Manguel, se niega a conducir automóvil, lo lleva a buscar en Francia un lugar más adecuado. Lo encontrará en el presbiterio de Mondion, en la localidad de Poitiers. La construcción de la biblioteca insumió un año, y tres meses la ubicación ordenada de los volúmenes. Esa tarea de revisión y reencuentro dio origen a The Library at Night (2006) (La biblioteca de noche, en español). En ese año aparece la nueva recopilación de artículos titulada At the Mad Hatter’s Table, en español Nuevo elogio de la locura, ligeramente comentada por el autor con esta aclaración: “Para un lector, esa puede ser la razón esencial, tal vez la única, de la literatura: que la locura del mundo no nos conquiste por completo”.

      Apresuro esta ya desmedida, no injusta, presentación. En los años que siguen, en un listado seguramente incompleto y limitándome a los títulos en español, Manguel da a conocer la novela Todos los hombres son mentirosos (2008) y los ensayos Con Borges y Diario de lecturas (ambos en 2004), La ciudad de las palabras (2010), El sueño del Rey Rojo (2012),  Personajes imaginarios (en el mismo año) y Curiosidad: una historia natural (2015).

      Alberto Manguel tampoco se quedó en Mondion. En 2015, obligaciones docentes contraídas en las universidades de Princeton y de Columbia lo llevaron a Nueva York, donde a finales de ese año lo sorprende el ofrecimiento de hacerse cargo de la dirección de la Biblioteca Nacional de la Argentina, que asume en 2016. Curiosa movida del destino, que impensadamente lo devolvía al país para instalarlo en el puesto que ocupara Borges, a quien cincuenta años antes le había servido de lector.

      Sería imposible dar aquí debida cuenta de los numerosísimos artículos y notas de Manguel publicadas en prestigiosos diarios y revistas literarias del mundo, así como su labor como profesor invitado y conferencista en diversas instituciones culturales y universidades inglesas, canadienses, norteamericanas, alemanas e italianas. Nuestro académico es miembro de la Unión de Escritores Canadienses, del PEN Internacional, de la Fundación Guggenheim, de la Royal Society of Literature de Gran Bretaña. Ha sido distinguido con el grado de comandante de la Orden de las Artes y las Letras en Francia. Es doctor honoris causa de las universidades de Liège (Bélgica), Anglia Ruskin (Cambridge, Inglaterra), Ottawa y York (Canadá). En 2013 esta Academia Argentina de Letras lo había nombrado correspondiente en Francia.  De sus numerosos premios y distinciones, bástenos citar los que él ha querido destacar en su currículum:  el “Medicis” de ensayo (Francia) por Una historia de la lectura, el McKitterick (Inglaterra) por su novela Noticias del extranjero, el Grinzane Cavour (Italia) por su Diario de lecturas. También obtuvo el premio de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez (España) y el Roger Caillois (Francia) por el conjunto de su obra, traducida, como ya lo llevamos señalado, a más de treinta idiomas.

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      Si se nos forzara a definir de un trazo la figura del académico que hoy ingresa a esta casa, diríamos que Manguel es esencialmente un lector, un ejecutante voraz y gozoso de una actividad ejercida sin pausa desde la infancia, y que él mismo caracterizó como una percepción organizada del universo, que tiene la pretensión de que todo, trátese de un texto o de una imagen, sea descifrable e interpretable.  Él lo dijo así: “Llegamos a este mundo empeñados en encontrar una narrativa en todo: en el paisaje, en el cielo, en las caras de los demás y, por supuesto, en las imágenes y palabras que nuestra especie crea. Leemos nuestras propias vidas y las de otros, leemos las sociedades en las que vivimos y aquellas que existen más allá de nuestras fronteras, leemos imágenes y edificios, leemos lo que se encuentra entre las pastas de un libro” .

      La literatura, en la concepción de Manguel, no es ni lujo ni pasatiempo, sino una forma de interrogar al mundo. La calidad del escritor se manifiesta en su capacidad para instalar en la obra lo que Manguel llama “pasajes disimulados”, intersticios a través de los cuales los lectores pueden confrontar e inteligir de manera individual y en libertad una realidad que los interpela, enriquecida o más compleja o simplemente diferente. En un paréntesis que debería interesar a todo docente de literatura, Manguel señaló que solo cuando el alumno advierte que en la obra es su historia la que cuenta, su lugar el que se define y su tiempo el que se está reflejando, se vuelve lector; y si esa experiencia no se cumple -aclara-, no hay razón para pensar que los libros sean más importantes que los videojuegos.

      El Manguel escritor viene a ser la contracara obligada de ese lector cotidiano; es el relator de esa experiencia, el comentarista de los hallazgos, el geógrafo de un universo que cada acto de lectura reconfigura.

      Uno de los atributos del proceso de lectura cumplido por Manguel, el de la historia de su lectura, parece ser la infinitud, que acaso vaya de la mano de su rechazo por las fronteras promulgadas y las delimitaciones positivas. Su obra, que es la trabajada devolución de sus lecturas, innumerables e inclasificables, puede autorizar la sospecha de que le interesan o le interesarán todos los temas, todas las épocas, todos los autores. El andamiaje erudito, que la crítica se complace en destacar, nunca es pedantería sino la expresión minuciosa de la curiosidad o el asombro ante el conocimiento nuevo o la vinculación inesperada, que quiere compartirse. Ese carácter abierto e inestable del corpus por leer, que Manguel, como todo lector, reformula en forma permanente, explica su certeza (lo dice en algún lado) de que la literatura es una pregunta que no tiene respuesta, de que todo texto muta según el lector, la hora y en lugar que se lo lee, y de que el proceso de lectura es asimilable a una antología incompleta que acoge de manera incesante las citas que la memoria literaria del lector va incorporando. Los libros que leemos -recuerda Manguel- son los libros que otros han leído. “Toda lectura” -nos dice- “prolonga otra, empezada una tarde de hace mil años y de la cual no sabemos nada; toda lectura proyecta su sombra sobre la página siguiente, confiriéndole contenido y contexto” . El lector ideal -señala en un ensayo alusivo- “posee una capacidad ilimitada para el olvido y lee como si todos los libros fueran obra de un autor eterno y prolífico” .

      Se equivocaría, sin embargo, quien creyese que este lector plácido y empedernido de la literatura de todo tiempo y de todo lugar, que este intelectual que asegura haber tenido una vida extraordinariamente feliz permanece ajeno a las inclemencias de la sociedad y a la historia de sus iniquidades. Manguel no ha rehuido manifestar con la palabra, con la obra y con sus opciones de vida su pensamiento liberal (según el sentido noble que le asignó el siglo XIX), visceralmente antidogmático, reivindicador de la lectura también en su capacidad de “convertir a dóciles ciudadanos en seres racionales, capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria, al abuso de quienes nos gobiernan” y denunciador de algunas malformaciones de la contemporaneidad: “el arte hoy” -declaró- “parece haber sido secuestrado por los banqueros y los publicistas” .

      Hemos dejado para el final de esta presentación imperfecta una incomodidad asordinada. Manguel ha dicho de manera explícita que no entiende la noción de nacionalidad política, es decir la exigencia de ser identificado según el lugar en que se nace. Eligió una vida transhumante, escribió en inglés la mayor parte de las obras que le dieron prestigio y, cuando la necesidad de establecerse se lo aconsejó, optó por la nacionalidad canadiense. En esta Academia nos hemos acogido entonces al aspecto más generoso de la convicción de Manguel: puesto que él descree de los pasaportes, nos permitimos calladamente hacer lo propio y, privilegiando lo que la calidad de su obra, original o traducida, regaló a los lectores de nuestro país y los otros dones que suponemos abrigados por su memoria afectiva -el lugar de su formación, el del Colegio Nacional de Buenos Aires y de los tilos de la calle Bolívar, el de las mañanas en tranvía, el de la adolescencia y la primera contemplación de la muerte, el de la envidiable densidad cultural y cosmopolita de la vida porteña de los sesenta en la que tuvo la fortuna de crecer, el de la iniciación literaria, el de las conversaciones con Borges y Bioy, el del hogar de sus padres y hermanos, el del acento indeleble del español aquí aprendido-, hemos decidido volver a imponer al director de la Biblioteca Nacional, nuestro colega, la carga de la argentinidad.
En esta nueva etapa de la parábola biográfica del lector Alberto Manguel, no se me ocurre mejor forma de clausurar este discurso que citando las últimas líneas de Una historia de la lectura, en las que una voz querida me hizo reparar:

“La historia de la lectura, afortunadamente, no tiene fin. Me imagino dejando el libro junto a la cama, me imagino abriéndolo esta noche, o mañana por la noche, o la noche siguiente, y diciendo para mis adentros: “No he llegado al final”” .
Bienvenido, Alberto Manguel, a la Academia Argentina de Letras.

Conversaciones con el amigo, Buenos Aires, La Compañía, 2011 p. 58

Ibid. p. 163.

El sueño del Rey Rojo. Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo, Madrid, Alianza, p. 17.

  “La computadora de San Agustín”, En el bosque del espejo, Bogotá, Norma, 2001, p. 275.

  “Notas para una definición del lector ideal”, Nuevo elogio de la locura, Buenos Aires, Emecé, 2006, p.40

  Una historia de la lectura, Buenos Aires, Emecé, 2005, p. 11.

  Conversaciones, p. 189.

  Ibid., p. 328.