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«“I´m kissing you, my love”», por Jorge Fernández Díaz

 


Crédito: Javier Joaquín. Fuente: La Nación.

La Nación — «Ella es de San Isidro, él de Mendoza, y se conocen en el chat de un sitio para cinéfilos; los diálogos de esas ficciones que conocen de memoria los ayudarán a decirse lo que sienten.

Sabemos de esta doliente historia de amor gracias a dos testigos accidentales: el coordinador de un portal de películas clásicas y el psicoanalista lacaniano que trató las heridas. Por supuesto que no se conocen, pero resulta que coinciden en un Bar Mitzvá donde tienen una amiga en común, que se queda estupefacta por la casualidad y que no puede resistir tirarles de la lengua y reconstruir para nosotros esta pequeña crónica de la indiscreción. Los testigos refieren que el chispazo se produce en los chats de ese singular sitio para cinéfilos, donde se intercambian gustos, datos exóticos y críticas de aficionado. Silvia es una profesora particular de inglés y vive en San Isidro; Guido es un agente de seguros y trabaja en Mendoza. Hay muchos otros usuarios de ese portal, pero a estos dos les fascinan los dramas románticos, y especialmente uno: Breve encuentro, aquella rara obra maestra de David Lean donde actuaba Trevor Howard. Se saben de memoria los diálogos que el médico y la mujer casada mantenían en la estación del tren, y por supuesto resultan fanáticos de su banda sonora: el Concierto número 2 de Rachmaninoff.

Tan extrañas sincronías los acercan, los llenan de curiosidad y los mantienen despiertos hasta muy tarde frente a sus pantallas. Guido parece un experto en Billy Wilder y se regocija contándole cómo se filmó El departamento, que se inspira en un personaje secundario de Breve encuentro. Silvia le recita de memoria un parlamento intrascendente de Shirley MacLaine y le pide que entre en YouTube a ver la secuela de 1984, y particularmente aquella melancólica secuencia en la cama matrimonial donde Meryl Streep le confiesa a una amiga: “Pienso en él todos los días. Es mi último pensamiento antes de dormir y el primero al despertarme. Cada día hablo de él conmigo misma”.

Evocan galanes y actrices de carácter, y juegan certámenes de eruditos. Sin darse cuenta, el cine los conduce a la música y a los libros, a la infancia y a la adolescencia, y de pronto Guido se sorprende narrando dolorosamente cómo era maltratado en el colegio por ser distinto y Silvia está relatando el día en que su padre hizo las valijas y se fue de casa. Ya derivaron su vínculo a un chat privado, lejos del foro que los reunió y vigila. Ninguno de los dos está en Facebook, pero encuentran en Gmail un buen refugio. Silvia se asombra ante la necesidad de escribirle antes del desayuno, al principio sin esperar respuesta inmediata, y siente taquicardia al descubrir que su interlocutor contesta rápido y que mantiene abierto el canal a toda hora. No tardan en canjear números de celular. El chateo se vuelve frenético; ahora también desde autos y colectivos, salas de espera o recreos de la vida. Parece una sola conversación incesante, que va desde el amanecer hasta el insomnio; está cruzada por el deslumbramiento inicial que da el conocer de repente a tu alma gemela. A las tres semanas se ofrendan hechos, infidencias y sentimientos que jamás le han confesado a nadie, y coquetean aunque todavía de manera inocente, como lo harían dos amigos entrañables de distinto sexo. Ninguno de los dos cruza la línea […]».

Leer el artículo del académico de número Jorge Fernández Díaz publicado en La Nación el domingo 9 de agosto.

 


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