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«El hombre que renunció al paraíso», por Santiago Kovadloff

 


Congreso de la Federación Juvenil Comunista del 7 de junio de 1974, en el Luna Park /
Investigacion fotográfica de ARCHIVO.
Crédito: Marciano Saucedo. Fuente: La Nación.

La Nación — «Hay una sentencia que retrata a Jorge Sigal. Una idea que lo define como demócrata y pensador de lo político: “Todos combatimos con solo media verdad contra una mentira entera”. La frase no es suya sino de Arthur Koestler. Pero El día que maté a mi padre (Sudamericana) prueba que es una convicción asumida por su autor. Quizás, la convicción que más le costó ganar y, a la vez, la decisiva. Sin ella, ese libro no hubiera podido ser escrito. Poco importa aquí si esta obra se inscribe o no entre aquellas a las que cabe llamar de ficción. El arte de escribir, en Sigal, desborda los géneros, los subordina a un propósito mayor y sabe sostenerse, con igual eficacia, en registros disímiles: la crónica, el ensayo, el encuadre teatral.

Sí importa, en cambio, en qué invierte el autor la versatilidad de su elocuencia. Qué destino argumental supo imprimirle Sigal a ese desvelo narrativo que lo impulsó a componer el retrato de una pesadilla de la que pudo, sin embargo, despertar. Un día, abrió los ojos y supo que ya no era un devoto de “las sagradas escrituras bolcheviques”. En doscientas páginas desplegó la historia del ascenso y caída de una fe tal en la dictadura del proletariado que lo llevó a concebirla como herramienta redentora de la humanidad y configuró su vida como acatamiento a un mandato revolucionario.

Sin duda ese despertar no hubiera tenido lugar sin una íntima ineptitud para el culto de lo inequívoco. Sin un afortunado bicefalismo que facultó al protagonista que, dicho sea de paso, es el mismo escritor, para ver al unísono el anverso y el reverso de lo que se pretendía hacerle creer. Es ese bicefalismo, por lo demás, el que comparte, en escenas conmovedoras, con José Antonio, cercano y lúcido compañero de militancia. “Mitad sacerdote, mitad hereje”, como el propio Sigal.

Salvadas todas las distancias que se quiera, su drama guarda con el de Sören Kierkegaard un llamativo parentesco: es el de dos hombres que lo hubieran dado todo para proceder como no pudieron. Y terminaron haciendo, de esa impotencia, la materia fecunda de una reflexión autocrítica y creadora que los reconfiguró como seres libres. Un logro, claro está, al que Sigal accedió a los tropezones, lenta, dolorosamente […]».

Leer el artículo del académico de número Santiago Kovadloff publicado en La Nación el sábado 29 de agosto.

 


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