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Erudición y humor se combinan en el nuevo libro de la expresidenta de la Academia Argentina de Letras, Palabras en apuros. Está dedicado a los periodistas

Daniel Gigena, en La Nación — Dedicado sin ironía «a todos los periodistas, que, día a día, gozan de la compañía de las palabras», el nuevo libro de la lingüista y académica Alicia María Zorrilla, Palabras en apuros (Libros del Zorzal, $ 24.900) está destinado a aquellos que, “por amor a la lengua, quieren hablarla y escribirla mejor”, dice la autora a La Nación. Por el tono y el enfoque ameno, que combina la erudición con el humor, el nuevo título integra una serie junto con Sueltos de lengua y ¡¿Por las dudas?!, publicados en el mismo sello. Por su interés en el uso de expresiones vinculadas con la vejez, se relaciona con el, hasta ahora, único libro de cuentos de Zorrilla, El otro destierro.
Los ensayos de Zorrilla instruyen y, a la vez, evalúan el peso de las palabras. Al analizar los términos viejo, dinosaurio y prehistórico —cuando observa que, a veces, «se usan como insultos para destacar injustamente la aparente fragilidad de los mayores, sus facultades mentales disminuidas, su pasividad e inoperancia, pertenecen al ámbito coloquial»—, reflexiona: «Es fácil proferirlas desde la juventud, cuando no duelen, pero cuánto lastiman a los que las reciben. Por supuesto, deben desterrarse de nuestro vocabulario por respeto a la dignidad que conlleva esa etapa de la vida, por la trayectoria que simboliza esa vida».
Para la autora, es necesario recurrir al «gimnasio de la bibliografía especializada para recuperar la plasticidad neuronal y lograr una comunicación lo más transparente posible en español». Doctora en Letras y académica de número de la Academia Argentina de Letras (AAL), institución que presidió durante seis años, es además académica correspondiente hispanoamericana de la Real Academia Española (RAE), de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Academia Chilena de la Lengua.
—¿En qué sentido las palabras están en apuros?
—Todos los significados de la palabra apuro atañen de alguna manera al uso diario de nuestras palabras. Cuando no sabemos emplearlas, nos ponen en un aprieto; cuando nos faltan para expresar lo que pensamos, padecemos nuestra escasez de vocabulario; cuando hablamos con prisa, atropelladamente, puede ser que suprimamos vocablos y que no nos entiendan; cuando nos preguntan lo que no sabemos, sentimos vergüenza, es decir, estamos en serios apuros. El título del libro desea resumir nuestra precaria situación lingüística y, al mismo tiempo, ser un llamado de atención para que se conciencie el poder que poseen las palabras. Hay ejemplos que espeluznan: «Se habla español en varios idiomas»; «Recibió una inesperada sorpresa»; «Las y los medicamentos aumentaron de precio». El afán exacerbado de inclusión ha llevado a quien escribió el último ejemplo a ponerle género masculino y femenino al sustantivo.
—¿Cómo se relaciona esta obra con los títulos anteriores?
—El libro surgió de los titubeos escritos y orales de los hablantes, que revelan inseguridad y falta de formación lingüística. ¿Cómo puede ser que un locutor diga «Hubo edificios atacados por los ataques” o que, en el titular de un diario, se escriba “exesivas exigencias», en lugar de excesivas exigencias, o que, en un zócalo televisivo, aparezca la construcción «buques navales»? Se relaciona, pues, con los anteriores en destacar los errores que se cometen por la prisa o porque debe estudiarse más nuestra lengua. Pero también hay capítulos que pretenden enseñar otros temas como el uso de los apodos, qué son los palíndromos y los semipalíndromos, o el trauma de la vejez en el vocabulario de la vida cotidiana. Cuando escribía el libro, recordé que, una vez, un alumno me dijo: «Profesora, mi sabiduría está en estado de coma». En ese momento, valoré su honestidad transmitida con humor y me propuse seguir escribiendo para que «la sabiduría» despertara de ese sopor o sueño profundo.
—¿Qué recomendaciones haría a los periodistas para no repetir tantos desaciertos como los que enumera?
—Sé que deben trabajar mucho y que el tiempo los presiona, pero tienen que preocuparse por decir bien y escribir mejor estudiando su lengua. Hay muchas obras para consultar y suprimir las dudas que evidencian sus caídas lingüísticas. Por supuesto, hay periodistas a los que da gusto escuchar por su formación cultural y por su sintaxis limpia, por el uso de preposiciones adecuadas, sus verbos precisamente correlacionados, sus perfectos gerundios de anterioridad, de simultaneidad o absolutos. Siempre insisto en que su labor es didáctica […].
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Alicia Maria Zorrilla en la Biblioteca de la Academia Argentina de Letras.
Crédito: Soledad Aznarez.
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