Los dos centenarios de
Vicente Blasco Ibáñez

               Entre los aniversarios que festeja nuestro país, no solo están los 200 años del 25 de Mayo, sino también dos acontecimientos, quizá no tan destacables, pero igualmente importantes para los patagónicos: el centenario de la fundación de la localidad de Cervantes, en la provincia de Río Negro, y también el de la publicación de una obra conmemorativa de nuestro país: Argentina y sus grandezas.
               Estos dos hechos coinciden en un vértice: Vicente Blasco Ibáñez  es el autor de esta monumental obra y también es el fundador de ese pueblo.
Este escritor nació en Valencia el 29 de enero de 1867, y murió en Menton (Francia) el 28 de enero de 1928, cuando iba a cumplir 61 años. Se graduó de abogado en 1888, aunque prácticamente no ejerció su profesión. Fue un miembro importante de la masonería española a la que ingresó a la edad de 20 años, cuando aún vivía en su ciudad natal. Opositor a la monarquía, estuvo preso varios meses durante el año 1896. Como diputado, representó al Partido Republicano entre 1898 y 1907. Como novelista, una de sus obras más difundidas es Los cuatro jinetes del Apocalipsis, que vendiera más de dos millones de ejemplares entre 1916 y 1920. Autor de Sangre y arena, que fuera llevada al cine, escribió también Entre naranjos; Los argonautas; La catedral; Arroz y tartana; El intruso; El papa del mar; El fantasma de las alas de oro; La araña negra; La barraca; La bodega; La condenada y otros cuentos; La maja desnuda; Luna Benamor; Mare Nostrum; Flor de mayo, etc.
               Vicente Blasco Ibáñez estuvo vinculado con nuestro país a través de una serie de hechos como la corresponsalía del diario La Nación que desempeñara en Europa y la fundación de dos pueblos: Cervantes, en Río Negro, y Nueva Valencia, en Corrientes.
               El 6 de junio de 1909, llegó al puerto de Buenos Aires, invitado por el presidente José Figueroa Alcorta. “Lo esperaban más de 10 000 personas que, en agitada aglomeración, siguieron el coche que lo condujo desde el desembarcadero de la dársena norte hasta el Hotel España” .
               Ninguna figura de la cultura contemporánea movilizaría hoy esa cantidad de gente en un aeropuerto. Esto habla a las claras del interés que despertaba el escritor y político español, e indica la relevancia que tenía en la consideración popular.
               Horacio Salas señala que “con habilidad, Vicente Blasco Ibáñez […] desde el primer día demostró un interés por el país que sedujo tanto al público como al periodismo.  Quienes lo interrogaron al llegar, lo oyeron decir exactamente  aquello que esperaban: las virtudes del carácter nacional, la belleza de las mujeres y el sorprendente desarrollo y el promisorio futuro de la República. No era preciso más para que lo amaran, y eso hicieron”.
               El 4 de octubre de 1910, por decreto del Poder Ejecutivo le concedieron 2500 hectáreas en la Colonia General Roca. Sobre esa base funda la Sociedad Cooperativa de Irrigación Colonia Cervantes y emprende la tarea de traer inmigrantes valencianos. Viajó a su país con ese encargo y, al poco tiempo, llegaron 25 familias con cerca de 150 integrantes. Puestos al trabajo, nivelaron 1800 hectáreas y excavaron un canal de riego desde el río Negro, pero el agua no llegaba a la mayoría de las chacras. Instalaron bombas de agua −cuyos restos están a la vera de la ruta 22, cerca de los Tres Puentes, entre Cervantes y Mainqué−, pero el dinero con que contaba para construir las casas prometidas no alcanzaba, fracasaron los contratistas que no cumplieron con lo acordado y, ante el enojo de sus paisanos, Blasco Ibáñez debió escaparse disfrazado y oculto en un ropero que cargaron en el tren a Buenos Aires, dejando tras sí un mar de deudas. Esta es la historia que solían contar mis abuelos, españoles ellos que llegaran años después de este episodio.
               Algunos de los colonos, entre los que se contaban apellidos como Saval, Maset, Ferrer, Garrido, Villaba, Latorre, Peixo , se quedaron en lo que más tarde se llamaría Colonia Cervantes y hoy solo Cervantes. Los primeros pobladores emigraron a distintas localidades del Alto Valle, varios a Buenos Aires y unos pocos regresaron a España. El canal de riego con la estructura actual llegaría, finalmente, en 1921. 
               Vicente Blasco Ibáñez nunca olvidaría ese episodio de su vida que fuera patrocinado por un presidente de la Nación al que apodaban “jettatore”.
Se trata, pues, de un caso único; uno de los más importantes escritores de habla española de fines del siglo xix y principios del xx, designó a un pueblo con el nombre de otro escritor: el más grande novelista de todos los tiempos, Miguel de  Cervantes.
               Otro aspecto a tener en cuenta es la publicación de Argentina y sus grandezas . Se trata de  un libro de viajes que este insigne valenciano escribiera a pedido de los inmigrantes españoles y fuera financiado por el gobierno nacional. Los destinatarios de esta obra no serían solo los argentinos, sino, y especialmente, los europeos. Para escribirla, se basó en la bibliografía existente y también recorrió gran parte del país tomando nota de sus características fundamentales.
El autor se “enamoró” de ese país llamado Argentina y lo dijo sin titubeos.
En la página introductora señala:

               Este libro, que dictó el entusiasmo, y que va dedicado a un pueblo admirable por sus rápidos adelantos, no ha sido escrito únicamente para los argentinos. Mi propósito es que sea leído fuera de la República, especialmente en Europa, donde grandes naciones de la alta intelectualidad depositaria de todos los conocimientos modernos, no tienen una visión exacta y perfecta de lo que son los pueblos jóvenes y progresivos de Sud-América, al frente de los cuales marcha el de Argentina (p. 7).

               Se trata de una extensa obra de 771 páginas, con abundante material fotográfico que muestra el país del Centenario, y que se terminó de imprimir en España el 4 de julio de 1910.
               El autor comienza dando una visión histórica que parte de Juan Díaz de Solís hasta 1910. Describe  el territorio por sus regiones geográficas, mencionando su fauna, clima, flora y posibilidades de desarrollo. Recorre los períodos históricos de la conquista, colonización e independencia, y destaca el futuro argentino generado por el avance del ferrocarril, el alambrado y el “remington”. Señala los avances obtenidos gracias a la política educativa marcada por la enseñanza laica, gratuita y obligatoria. Por último, describe todas las provincias y los territorios nacionales, entre ellos Río Negro donde fundara Cervantes.
               En el final de la obra, manifiesta que “la República Argentina necesita gente. No será el humo de las batallas −dijo Alberdi− sino el humo de las locomotoras el que liberte a Sud-América de su principal enemigo: el desierto”.
               Debe señalarse que, no obstante la ideología socialista del autor, hay muy poco sentido crítico en lo que observa y analiza. No solo reproduce el entusiasmo de lo que en esa época era “políticamente correcto”, sino que también refleja, sin tamizarlos, los prejuicios hacia los indígenas y los negros, y presenta a la Argentina como un país “solo de blancos”.
               Blasco Ibáñez está ligado a nuestra historia. Fundó pueblos, escribió sobre nosotros, recorrió el país, dio conferencias que reunían multitudes. Y tuvo grandes fracasos. Hoy pocos recuerdan su paso y esta nota es un homenaje a su memoria.

               César Aníbal Fernández, miembro correspondiente por la Provincia de Río Negro de la Academia Argentina de Letras

Fragmentos del capítulo dedicado a Río Negro (pp. 739-745):

               El último descubrimiento importante realizado por los españoles en la América del Sur fue la navegación del río Negro. Realizóse esta en 1782, y fue llevada a cabo con heroica tenacidad por el alférez de la Real Armada D. Vasilio Villarino, el cual navegó por el interior del continente desde Carmen de Patagones, en la desembocadura del río Negro, hasta la vertiente oriental de los Andes (p. 739).

               El nombre de Río Negro que ostenta este territorio ha sido objeto de distintas versiones para explicar su origen. Unos afirman que tal nombre se lo dieron los indígenas, por las penalidades que sufrían cuando lo remontaban a remo, luchando con la corriente.
               Otros dicen que procede del de un cacique apodado “Negro” que ejercía su dominio en las tierras de la desembocadura cuando las exploraron en 1779 el piloto de la Real Armada Don Manuel Brunel y el teniente de infantería Don Pedro García. Los españoles le dieron el nombre de “Río de los sauces” por el gran número de árboles de esta especie que había en sus riberas, y que aún se conservan en bastante cantidad (p. 740).

               La alfalfa y los cereales también obtienen gran desarrollo. El peral y el manzano se cargan de frutos tan abundantes que las ramas casi se rasgan por el peso. La vid, plantada en las inmediaciones de los ríos da un vino poco fuerte, pero muy agradable al que llaman chacolí.  No existe en el territorio de Río Negro ningún establecimiento vinícola, y los agricultores elaboran ellos mismos el vino, vendiéndolo por cuenta propia en la misma región.

               La capital de Río Negro es  Viedma, que tiene cerca de 3000 habitantes, y posee todas las ventajas de las poblaciones argentinas. Hasta se publican varios periódicos en esta villa de la antigua Patagonia (p.743).

Maida, Esther. “La colonización  de Vicente Blasco Ibáñez y el Contingente Valenciano en el Alto Valle del Río Negro”. En Inmigrantes en el alto valle de Río Negro. Gral. Roca: Publifadecs, 2001, p. 51.

El Centenario. La Argentina en su hora más gloriosa. Buenos Aires: Planeta, 2010, p. 154.

“Una empresa fallida, un pueblo que nace”. Río Negro On Line, 4 de octubre de 2009, p. 37.

<www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/>.