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«El personaje olvidado con el que comenzó la literatura santiagueña»,
por José Andrés Rivas

 


El Liberal — «En un artículo que publiqué hace varios años, me equivoqué al proponer que las letras de nuestra provincia comenzaban con las azarosas páginas de la novela Agustina, que Francisco Macareno Viano había publicado a comienzos del siglo pasado en nuestra provincia. Para que el conflicto que se desarrollaba en sus páginas fuera más evidente, no vacilé en señalar que el choque entre la historia y la violencia había desencadenado más allá de los deseos de su autor, en el momento en que nacían las letras santiagueñas. Allí señalaba, que parecía el personaje central que terminó después en la boda de Ventura Saravia de Clementina Rosa Quenel como para convertirla en el personaje central del drama llamado El retablo de la gobernadora.

Me disculpo diciendo que ése no habría sido el único error que habría cometido en las indudables demasiadas páginas, que escribí sobre ese tema. Pero sí es evidente que nuestra literatura tuvo un comienzo, no había sido el que señalé en aquel artículo. Sus verdaderos descendientes, ya que errores como ése son demasiado frecuentes en la historia de la literatura de nuestra tierra y en las de muchas otras. Un inventario de ellos ya los había señalado en otras páginas. El más notable, por cierto, ya estaría en las dolorosas palabras de la “probanza de méritos”, que el soldado español de la Conquista Pedro González del Prado le envió a uno de los tantos reyes de España, “Su Graciosa Majestad” lo llamarían, para que no se olvidara de los incontables sacrificios, que ellos —los anónimos soldados de la Conquista— habían padecido para la grandeza de aquella remota “Graciosa Majestad” en el lejano Cuzco de aquel remoto rey que dominaba un imperio “en donde no se ponía el sol”. Lo más doloroso de aquella probanza era que el ignoto conquistador español González del Prado escribió una probanza en la que le decía a aquel imperturbable y lejano emperador español que ellos, los pobres y anónimos conquistadores, habían pasado “mucha hambre y sed en aquel lugar que llamaban Santiago del Estero”. Lo que él no sabía, lo que no podía saber, era que aquella carta que le enviaba después de tantas dramáticas y dolorosas experiencias se convertiría, sin quererlo ni saberlo, en la primera página de las letras de una provincia lejana de una región también lejana de un país que todavía no había nacido.

Pero al destino le gustan otros juegos, señalaría varios siglos más tarde Jorge Luis Borges, ignorante de que él también sería juguete de ese destino, en una literatura que aún no se había escrito. Muchos años después Horacio Germinal Rava confirmaría en las páginas de su memorable revista Vertical la paternidad de Pablo Lascano en nuestra literatura regional. Al fugaz destino de las revistas literarias en nuestro medio, no se sintió ajeno Moisés Carol que compuso la imprescindible edición del libro con el que EL LIBERAL celebró su primer medio siglo de vida y años antes publicó la revista Centro en la que Carol, amigo y discípulo de Canal Feijoo, a quien definió como “El poeta de la inteligencia” en las páginas de su libro de breves ensayos llamado Esquemas y Valores de 1943 […]».

Leer el artículo del académico correspondiente con residencia en Santiago del Estero José Andrés Rivas publicado en El Liberal el sábado 17 de octubre.

 


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