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«Un caso entre la realidad y la ficción», por Jorge Fernández Díaz

 


Ilustración: Sebastián Dufour. Fuente: La Nación.

La Nación — «No habla muy bien de mí el hecho innegable de que pasé el momento más feliz de mi vida investigando crímenes horrendos. Esa praxis del cronista policial empezó a los veintipico, y duró cerca de una década, pero si alguien me hubiese preguntado a los nueve años qué iba a ser cuando fuera grande, yo le habría respondido sin dudar: detective. Luego a los doce descubrí la vocación del escritor y aquella pulsión original desapareció, o fue sublimada en la ficción de misterios e intrigas, y sin duda en el ejercicio temprano de la llamada “crónica roja”. Se decía en las viejas redacciones que los mejores periodistas surgían de Deportes y de Policiales, tal vez porque esas materias exigían, como ninguna otra, afinar la carpintería del relato y aguzar el instinto de la interpretación.

Mis primeros pasos en ese territorio fangoso acontecieron en la “cuadra” de La Razón, aquel vespertino que dirigieron sin solución de continuidad Félix Laiño y Jacobo Timerman. Me destinaron a una sección de veteranos “redactores de sucesos”, como se los denomina en España, y me ordenaron “cubrir el cadáver del día”. Eso quería decir que trabajaba en la calle, indagaba robos y homicidios, y tenía que regresar a las once en punto y escribir una nota en quince minutos, y quedarme luego para reformarla con detalles nuevos de segunda edición. En esos escritorios, y en otros de Clarín, Crónica y La Nación, había tipos duros, que se tuteaban con comisarios y pistoleros, y que muchas veces iban delante de la policía en pesquisas complejas. Y había también bohemios, alcohólicos, mitómanos y eruditos que después del cierre o durante una larga cobertura dictaban cátedra. Una escuela fascinante repleta de historias y de libros. Un club donde aprender a desarrollar aquellas corazas culturales y aquel humor negro de cirujanos que nos protegería de la tragedia real con la que tratábamos cada día.

Aunque el periódico no me pagaba por eso, yo solía quedarme hasta las tantas buceando en el archivo; tenía por costumbre estudiar esas páginas amarillentas y pedirles permiso a mis escépticos jefes para retomar los casos cerrados y narrar sus desenlaces. Visité a Robledo Puch en Sierra Chica, entrevisté en Florencio Varela a Pedro Vecchio (aquel zapatero injustamente acusado de vampirizar y asesinar a Norma Penjerek), me colé en el sector prohibido del Hospital Fernández para ver si Alejandro Puccio seguía consciente después de haberse lanzado al vacío en Tribunales; seguí todas y cada una de las postas de los secuestros extorsivos que la “mano de obra desocupada” perpetraba en aquellos primeros años de la democracia, me metí en los combates sangrientos de la mafia del fútbol, y todo lo hice mientras leía a Hammett, a Cain y a Ross MacDonald, y mientras intentábamos descifrar el paradero de la doctora Giubileo y la masacre de Oriel Briant […]».

Leer el artículo del académico de número Jorge Fernández Díaz publicado en La Nación el domingo 13 de diciembre.

 


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