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SU DISCURSO EN EL ACTO DE PRESENTACIÓN
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Una tarde de 1978 entrevisté a Roberto Juarroz en su despacho de director del departamento de Bibliotecología de la Universidad de Buenos Aires, en la calle 25 de mayo. El reportaje apareció el domingo siguiente ocupando más de media página del suplemento literario de La Prensa. Hasta entonces, nunca había visto al poeta. Había leído, por supuesto, composiciones de su poesía vertical en las ediciones dominicales de La Nación y La Gaceta de Tucumán. Alejandra Pizarnik, que lo conoció en París a comienzos de los años 60 me había hablado de él con admiración y afecto. Confieso que no compartía esa admiración. La poesía de Juarroz me parecía demasiado intelectual; era lo que hoy se llama «poesía del pensamiento» y antes se llamaba «poesía metafísica»: revelación y conocimiento. Yo prefería la poesía lírica, que es belleza, música y emoción; una felicidad del lenguaje antes que una especulación filosófica. No creía entonces que la poesía pudiera ser ambas cosas; descubrir nuevas dimensiones de la realidad y, al mismo tiempo, conmover, encantar. Confieso ahora que las observaciones y reflexiones de Juarroz en aquel reportaje contribuyeron a llegar a esa conclusión, a aceptar las distintas manifestaciones poéticas.
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T. Sánchez de Bustamante 2663 |
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